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La Patagonia de los hielos

Nadie como el periodista Germán Sopeña para describir esta región, con un amor que le costó la vida, en abril de 2001, cuando junto con sus amigos Agostino Rocca y José Luis Fonrouge se disponía, una vez más, a recorrer la zona de los glaciares a bordo de una avioneta Cessna que se precipitó a tierra en la zona bonaerense de Roque Pérez por una falla de motor.


Entre las numerosas e inspiradoras páginas que escribió, se cuenta el libro que recopila sus viajes a los hielos y que se titula “La Patagonia Blanca”. De esta obra, cuya lectura recomendamos vivamente a los amantes del sur y de sus bellezas, extraemos parte del relato que Sopeña realiza de su caminata hacia el glaciar Upsala. Sus palabras, que reproducimos con el agradecimiento de aquellos que encontramos en este periodista a un traductor privilegiado de sensaciones y sentimientos que no sabemos expresar tan magistralmente como él, nos permiten acompañarlo en el ascenso a uno de los campos de hielo más imponentes de la región.

“Con la mochila al hombro y los bastones de esquí para distribuir mejor el peso en la larga marcha que nos espera, ponemos rumbo al norte, en una mañana que parece a medida.


Como en todos los ascensos a la montaña, los primeros kilómetros son suaves y espectacularmente bellos por el piso verde y mullido, el verde de los árboles que crecen en las laderas protegidas y las extraordinarias vistas a distancia que nos reserva el camino de subida al cordón Feruglio.


En la marcha silenciosa en fila india, pienso varias veces sobre el ciclo más o menos clásico de los ascensos por la montaña. Las etapas parecen las siguientes:


1) Unas primeras horas de caminar descansando sobre pendientes suaves y más verdes. Y, cada tanto, algún promontorio desde el cual vamos teniendo una vista nueva sobre las formas del valle por donde se avanza.


2) En la marcha, cuando el camino se acerca más a una pared montañosa que protege del viento, aparecen algunas acumulaciones de árboles –lengas, en su gran mayoría- que por momentos se trasforman en un verdadero bosque.


3) Cuando el camino, notoriamente, ha subido ya varios metros sobre el nivel del mar, la vegetación comienza a desaparecer con más velocidad. El panorama se hace más austero, el viento sopla con más fuerza y más frío, y las ondulaciones del terreno comienzan a mostrarnos nuevos panoramas más distantes, anticipando lo que puede reservarnos la vista cuando nos encontremos aún más arriba. Una laguna de altura que se abre a nuestra derecha nos hace imaginar que allí debían encontrarse ya los hielos hace pocos miles de años, una fracción de segundo en términos geológicos.


4) Repentinamente, todo vestigio de pasto desaparece y se comienza a caminar sobre piedra dura y pulida. Hemos ingresado al filo del cordón montañoso y se avanza con más cuidado para no cometer la peor de las negligencias en la montaña: un paso en falso que produzca una torcedura de tobillo capaz de arruinar todas las jornadas siguientes.


5) Las pendientes se hacen más duras y se comienza a notar el cansancio de varias horas de marcha. El esfuerzo se nota en la respiración, sobre todo al exhalar el aire (…)


6) Cuando el cansancio empieza a sugerir el momento de detenerse a tomar resuello y comer algo, la magia de la montaña reside en que los panoramas que se adivinan atrás de cada recodo de piedra sirven de compresor adicional para llevarnos más arriba. La dureza de la marcha se compensa siempre, en el momento de mayor cansancio, con algún extraordinario regalo visual.

(...) Pocos minutos nos separan de ese momento cumbre. Una picada de piedras que se adivina claramente en dirección noroeste nos lleva hacia el lomo de la colina. Y un aumento del viento en contra que sentimos en la cara nos anticipa que estamos cerca de llegar al punto en el cual recibiremos de frente la inmensa corriente de aire que viene desde el fondo cordillerano.


El impacto doble llega de pronto. Una ráfaga mucho más fuerte nos obliga a afirmarnos bien contra el piso. Y la inmensidad blanca aparece al mismo tiempo ante nuestros ojos en todo su esplendor" (1).

(1)Sopeña, Germán, La Patagonia blanca, El Elefante blanco, Buenos Aires, 5ª reimpresión, 2004, p 50-51

Foto: Alicia Peiró

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