Redes: ¿un mundo mejor conectado?
 Debo confesarlo, la idea de poner mis datos personales en Internet, más allá de los de rigor para anotarse en un seminario, conseguir algún libro agotado o mandar un CV a una empresa que recluta por esta vía, me parece todavía terriblemente invasora. Será porque soy hija de los setenta, una etapa de la historia, especialmente en nuestros países latinoamericanos, en la cual no sólo no había que preguntar nombres y detalles de identidad a nadie, sino que la idea de que algún fotógrafo aficionado (o profesional, sobre todo) estuviera capturando nuestra imagen con quién sabe qué fines nos hacía correr frío por la espalda.
Son otros tiempos, ya lo sé, pero el reflejo nos ha quedado a muchos. Por eso, no dejo de mirar azorada cómo jóvenes y no tan jóvenes se han embarcado con absoluta inocencia y entusiasmo adolescente en las llamadas redes sociales (Facebook, MySpace, Hi5, entre otros) con el fin, alegado, de encontrar a viejos amigos y ampliar su horizonte de nuevas amistades, sin hablar de conseguir mejores trabajos, entrar en relación con otros semejantes en el mundo entero o, simplemente, achicar los seis grados de separación (o intermediarios) que existen, según, el sociólogo estadounidense Stanley Milgram, entre dos personas tomadas al azar en el Planeta.
Uno de los principios que parecen regir este nuevo mundo es que uno es más importante cuantos más amigos/conocidos tenga en la así llamada comunidad. Y si uno es amigo/conocido de algún personaje aparentemente exitoso, entonces uno será igualmente exitoso. Pero uno se pregunta si realmente establece comunicación con estas personas. Al respecto, el periodista Eric Delcroix se pregunta si las redes sociales no serían más que una forma de tapar las miserias de la comunicación entre humanos. Y se anima a afirmar que algunos conocieron a su vecino de palier a través de una red y no por conversar simplemente con éste en el ascensor.
Hace poco, alguien me contó que, a instancias de una compañera de trabajo, se había anotado en Facebook. Según luego me confesó, ya en el momento de ingresar sus datos se preguntó qué estaba haciendo… pero el arrepentimiento vino inmediatamente después, cuando vio que entre sus amigos y conocidos estaban sus hijos, y pudo ver cómo estos se comunicaban con sus amigos. Tuvo la sensación, me dijo, de que estaba espiando sus cartas o sus diarios, o simplemente, mirando sus conversaciones en el chat. Y se dijo “esto no es para mí”.
No podemos negar que en gran parte Internet nos ha permitido acortar las distancias de una manera que todavía nos asombra (al menos, a los que venimos del tiempo de los teléfonos con operadora…), y que constituye una herramienta poderosa de comunicación, de trabajo y de entretenimiento. Tengo que admitir también, a pesar de mis temores expresados o no, que sin Internet la ausencia de muchos de nuestros amigos y familiares se haría insoportable, y que para muchos inclusive ha sido y es el canal por el cual conocerán a algunos de sus actuales o futuros afectos entrañables. Pero no creo que el mundo virtual y las relaciones que establezcamos escondidos (o, cámara mediante, expuestos) detrás de nuestras pantallas logre suplir la profundidad de la conversación cara a cara, el calor de un abrazo, la complicidad de una mano en el hombro, el brillo de una mirada.
¿Quiénes son tus amigos? ¿Querés conocerlos? Vení, que nos juntamos en casa, y te los presento…
Fotomontaje: Ana Guadalupe Llano
|