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No necesita casarse: solo es mejor

El psiquiatra brasileño Flavio Gikovate decreta la muerte del amor romántico y dice que la vida de soltero es un camino viable para la felicidad, en una entrevista publicada por la revista Veja y que seguramente va a despertar una fuerte polémica entre los lectores de “enelzaguan”.

Con 41 años de clínica, el médico psiquiatra Flavio Gikovate acompañó los hechos más relevantes que cambiaron la sexualidad en Brasil y en el mundo. A través de más de 8.000 personas atendidas, fue testigo del impacto de la llegada de la píldora anticonceptiva en la década de los 60 y de la constitución de las familias contemporáneas, que suman personas provenientes de casamientos anteriores. Sus reflexiones sobre el amor a lo largo de este tiempo fueron condensadas en su libro número 26, Una historia de amor… con final feliz. En la obra, la octava sobre el tema, Gikovate ataca el amor romántico y defiende el individualismo, entendido no como desatención de los otros sino como una manera de aumentar el conocimiento de uno mismo. Habiendo sido uno de los primeros en publicar en su país un estudio sobre sexualidad, se presentó en varios medios de comunicación, como periódicos y revistas, y en la televisión. Actualmente, tiene un programa de radio, en el que responde preguntas hechas por los oyentes. A los 65 años, sostuvo una entrevista con Veja en su consultorio en el elegante barrio de Jardins, en  San Pablo.


¿Usted diría a la mayoría de las personas que el casamiento puede no ser una buena decisión en la vida?
Sí, las personas que están casadas y son felices son una minoría. En base a las consultas que hago y a las personas que conozco, no pasan de 5 por ciento. La inmensa mayoría está constituida por los mal casados. Son individuos que se envolvieron en una trama nada evolutiva y poco saludable. Viven relacionamientos posesivos en los que no hay confianza recíproca ni sinceridad. Por algún tiempo, luego del casamiento, se consideran felices y bien casados porque tiene hijos y se establecen profesionalmente. Pero luego, a siete o diez años de matrimonio, tendrán que enfrentarse con la realidad y tomar una decisión drástica, que normalmente es la separación.

¿Quedarse solo es mejor, entonces?
 Hay muchos solteros felices. Llevan una vida serena y sin conflictos. Cuando sienten una sensación de desamparo, ese “vacío en el estómago” por estar solos, resuelven esta cuestión sin ayuda. Se mantienen ocupados, cultivan buenos amigos, leen un buen libro, van al cine. Con un poco de paciencia y entrenamiento, esquivan la soledad y se dedican a las tareas que más les gustan. Los solteros que no están bien son generalmente esos que todavía sueñan con un amor romántico. Todavía tienen la idea de que una persona necesita de otra para completarse. Piensan, como Vinicius de Moraes, que “es imposible ser feliz solo”. Eso caducó. A partir de eso, viven tristes y deprimidos.

¿Por qué los matrimonios terminan fracasando?
Casi todos los matrimonios hoy son así: uno es más extrovertido, alocado, de genio fuerte. Es vanidoso y necesita siempre de elogios. El otro es más discreto, más manso, más tolerante. Hace todo para agradar al primero. Todo el mundo conoce por lo menos media docena de parejas así, entre un egoísta y un generoso. El primero exige mucho y así, recibe mucho más de lo que da. El segundo tiene baja autoestima y siempre está dispuesto a servir al otro. Muchos hombres egoístas pretenden que la mujer generosa esté al lado de ellos cuando ven en la televisión  sus programas favoritos. Las mujeres egoístas no aceptan que sus maridos jueguen el fútbol. Consideran eso una traición. De una forma o de otra, el generoso siempre hace concesiones para agradar al egoísta, o para no pelear con él. En nombre del amor, dejan su individualidad en segundo plano. Y la felicidad se va junto con esta. El matrimonio, entonces, comienza a desmoronarse. A mis pacientes siempre les digo: si usted tuviera que escoger entre amor e individualidad, opte por lo segundo.

¿Vivir solo no sería una postura muy individualista?
No hay nada malo en ser individualista. Muchos de los autores contemporáneos tienen una postura crítica con respecto a eso. Confunden individualismo con egoísmo o indiferencia por los otros. Son conceptos diferentes. Otros dicen que el individualismo es liberal e inclusive de derecha. Yo no pienso así. El individualismo corresponde a un crecimiento emocional. Cuando la persona se reconoce como una unidad, y no como una mitad desamparada, consigue establecer relaciones afectivas de buena cualidad. Por ende, también podrá construir una sociedad más justa. Se conoce mejor a sí misma y, por eso, sabe de las necesidades y deseos de los otros. El individualismo acabará por generar productos muy interesantes y positivos en el futuro. Creará condiciones para un avance moral significativo.


¿Por qué los casamientos generalmente se dan entre egoístas y generosos?
La idea general en nuestra sociedad es que los opuestos se atraen. Y eso ocurre por varios motivos. En la juventud, no nos gusta mucho nuestro modo de ser y admiramos a quien es diferente de nosotros. Así, egoístas y generosos terminan comprometiéndose unos con otros. El egoísta, por ser exhibicionista, también atrae al generoso, que ve en el otro cualidades que él no posee. Finalmente, nuestros padres y abuelos tienen generalmente relaciones de este tipo, y terminamos repitiendo los errores de ellos. 

¿Para quien tiene hijos no es mejor estar casado? Y para los hijos, ¿no es mejor tener padres casados?
Para quien pretende construir proyectos en común –y tener hijos es el más relevante de estos- lo mejor es jugar en dupla. Los niños dan muchos trabajo y preocupación. Es mucho más fácil, entonces, cuando esta tarea es compartida. Desde el punto de vista del niño, lo más probable es que ellos se sientan más amparados cuando crecen según los patrones culturales que dominan su medio ambiente. Si ellos son criados por un padrastro, viven con los hijos de otros matrimonios de la madre, pero estudian en una escuela de valores fuertemente conservadores y religiosos, podrán sentir algún malestar. Desde el punto de vista emocional, no creo que se pueda hacer un juicio definitivo sobre las ventajas de la familia tradicional respecto de las constituidas por parejas gays o por un padre o madre solteros. Estamos en un proceso de transición en el cual todavía no están constituidos nuevos valores morales. Y siempre es bueno esperar un poco para no hacer valoraciones precipitadas.

¿Qué consejos le daría a un joven que acaba de comenzar su vida amorosa?
Es necesario que el joven entienda que el amor romántico, a pesar de aparecer todo el tiempo en nuestros films, romances y novelas, tiene los días contados. Ese amor, que nació en el siglo XIX con la revolución industrial, tiene un carácter muy posesivo. Según ese ideal, dos personas que se aman deben estar juntas en todos sus momentos libres, lo cual es una afrenta a la individualidad. El mundo cambió mucho desde entonces. Sólo hay que mirar cómo viven las personas viudas. Están felices de su vida. Con todo, como muchos jóvenes todavía sueñan con ese amor romántico, se casan, se separan, se casan de nuevo, varias veces, hasta aprender esta lección. Si es que aprenden. Si un joven ya tiene la noción de que no necesita casarse para ser feliz, saltará todas esas etapas que provocan sufrimiento.

¿Las mujeres están más ansiosas de casarse que los hombres? ¿Por qué?
Las mujeres tienen obsesión por el casamiento. Es una visión totalmente anticuada, que los hombres no poseen. Una vez, cuando yo escribía para la revista Claudia, el equipo de redacción hizo una encuesta sobre los deseos de las personas. El mayor sueño del 100% de las mujeres de 18 a 20 años era casarse y tener hijos. Entre los hombres, casi ninguno respondió eso. Querían ser buenos profesionales, hacer grandes viajes.  Esa diferencia abismal ocurre por razones derivadas de la tradición cultural. En el pasado, el casamiento era de sumo interés para las mujeres porque solo así podrían tener una vida sexual socialmente aceptable. Podrían tener hijos y un hombre que las protegería y pagaría las cuentas. Los hombres, a su vez, entendían en cierto modo que algún día estarían obligados a hacer eso. En los días que corren, las razones que llevaban a las mujeres a tener necesidad de casarse no tienen sustento. En las universidades, el número de mujeres es superior al de los hombres. En pocas décadas, ellas ganarán más que ellos. Falta acompañar lo que irá a pasar con las mujeres, ahora libres sexualmente, no siempre tan interesadas en tener hijos e independientes económicamente.

¿Cómo será el amor del futuro?
Los relacionamientos que no respetan la individualidad están condenados a desaparecer. Esto, en cierta forma, ya ocurre naturalmente. En Brasil, el número de divorcios en el año es ya mayor al de casamientos. Actualmente, muchos hombres y mujeres ya consideran que se quedarán solos para siempre o ya aceptan la idea de esperar hasta el momento en que encontrarán a alguien parecido, no tanto en el carácter sino en los intereses personales. Si esto ocurre, tendrán placer en estar juntos en un gran número de situaciones. En este nuevo escenario, en el cual hay afinidades y respeto por las diferencias, la individualidad está preservada. Yo estoy en mi segundo matrimonio. A mi mujer le gusta la ópera. Cuando quiere ir, va sola. Y no hay ningún problema en esto.


¿Cuando dos personas deciden vivir juntas, la individualidad no sufre un menoscabo?
No necesariamente necesitan vivir juntas. En uno de mis programas de radio, una pareja me preguntó si estaban siendo demasiado audaces por casarse y continuar viviendo separados. Esto se está volviendo cada vez más común. Hay otras tantas parejas que viven juntas pero en cuartos separados. Si el objetivo es preservar la individualidad, no hay razón para avergonzarse.  Lo interesante es la calidad del vínculo que existirá entre dos personas. En el primer mundo, ese comportamiento ya es normal. Muchas parejas viven inclusive en ciudades diferentes.

¿Es posible ser fiel viviendo en casas o ciudades diferentes?
La fidelidad ocurre espontáneamente cuando se establece un vínculo de calidad. En un clima así, el elemento erótico pierde un poco su impacto. Por increíble que parezca, esas relaciones son monogámicas. Es algo difícil de explicar, pero es lo que pasa.


¿Con el fin de amor romántico, cómo queda el sexo?
Uno de los grandes problemas ligados a la cuestión sentimental es justamente el hecho de que el deseo sexual no siempre acompaña la intimidad efectiva, aquella basada en afinidad y compañerismo. Es increíble cómo de vez en cuando amor y sexo se combinan, pero eso no ocurre con facilidad. Por otro lado, el sexo con un compañero desconocido, o semidesconocido, es casi siempre muy poco interesante. Cuando se acaba, las personas sienten un gran vacío. No es algo que yo recomendaría. Hoy, las normas de comportamiento son dictadas por la industria pornográfica y el sexo se asemeja a un ejercicio físico. El sexo entonces tiene más compromiso con la agresividad que con el amor y la amistad. Jóvenes que tienen amigos muy allegados y queridos dicen que “transar” con ellos no tiene nada que ver. Encuentran más fácil “transar” con enemigos que con el mejor amigo. Pienso que, con la madurez emocional, las personas tenderán a abstenerse de este tipo de práctica.

¿Las desilusiones respecto de su primer matrimonio han ayudado a las personas a tomar las decisiones correctas?
En el inicio de la epidemia de divorcios brasileña, en la década de los 70, las personas se separaban y atribuían el desastre de la unión a problemas genéricos. Algunos decían que el amor se acabó. Otros, que su pareja era muy aburrida. No se daban cuenta de que las cuestiones eran más complejas. Entonces, terminaban uniéndose a otras personas muy parecidas a las que acaban de descartar.  Hoy, los individuos son más críticos. Aceptan estar más tiempo solos y se hacen autocríticas más consistentes. A causa de esto, consiguen evolucionar emocionalmente y perciben que tendrán que cambiar radicalmente los criterios de elección de su compañero. Si antes querían a alguien diferente, hoy la tendencia es a buscar una persona con afinidades.

Usted ya escribió columnas para diarios y revistas, actuó en la televisión y ahora tiene un programa en la radio. ¿Se considera un marketinero?
Siempre me gustó trabajar con los medios de comunicación. La psicología no es un asunto para especialistas, sino de todo el mundo. Hago esas cosas también porque es una forma de entrar en contacto con un público diferente del que encuentro normalmente. En la radio, respondo a preguntas de gente que jamás tendrá la posibilidad de pagar una consulta. Están en otro nivel financiero. Pero lo que dicen es oro puro. Las columnas y los programas de radio que yo hago no me traen clientes. A veces, solo confunden. En 1982, acepté trabajar con el Corinthians. Era el tiempo de la la democracia corintiana. Fue un balde de agua fría en la clínica. ¡Imagínese, el Corinthians! No fue el tipo de noticias que mis pacientes quieren oír. Estuve ahí dos años. Mi padre quedaba ofendido con esas cosas, porque en aquel tiempo un médico de buen nivel no hacía esas cosas. No estaba ni ahí. Cuando yo me intereso en alguna cosa, voy. Además, si yo fuese un simple marketinero, no habría durado 41 años.

A pesar de todo ese tiempo de clínica, usted actuó solo, lejos de las universidades. ¿Por qué?
El mundo académico está lleno de papagayos, que repiten fórmulas listas. Citan siempre a otros pensadores, nunca van a ningún lugar. No tengo ánimo para eso. Ese universo, del cual me terminé apartando, es extremadamente conservador. No son ellos los que producen nuevas ideas. Muchos fingen que yo no existo. Decían por lo bajo que yo era un tipo muy pragmático, que tenía muy en cuenta los resultados, lo cual es verdad. Los que más gustan de lo que yo hago son de mi área. Son los filósofos, como Renato Janine Ribeiro y Olgária Matos. Por mi parte, siempre huí de los rótulos. No me inscribí nunca como miembro de la Sociedad de Psicoanálisis. No soy miembro de ninguna sociedad dogmática. No soy socio de ningún club. Soy una persona de mente abierta. Nunca quise discípulos. Mis discípulos, si algún día existieran, pensarán por cuenta propia. Si tuvieran un montón de opiniones diferentes de las mías, sería lo mejor.

Traducción: Alicia Peiró

Foto: Paul Anderson

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Publicado por: Laura194 | Noviembre 10, 2008
interesante la nota y a mi juicio, muy real
Publicado por: miralina | Noviembre 11, 2008
Estoy totalmente de acuerdo con la nota, pero, Ali,
¿cuándo voy a empezar a conocer muchachos?
Publicado por: elbudi2004@hotmail.com | Marzo 8, 2009
coincido, soy un hombre que vivo solo, llevo una vida serena y sin conflictos, trabajo, realizo las tareas en mi hogar, no dependo de nadie, tengo tiempo para todo, me programo las cosas que debo hacer, agendo lo pendiente y a medida que puedo lo hago.
soy feliz conmigo mismo, descubrí cosas en mi interior y puedo decir que soy otra persona y muchos me lo dicen. de acuerdo con el comentario, muy bueno
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