Un poco de amor, rápido
 Desde hace diez o quizás quince años nuestra relación con el tiempo se modificó, en especial con la llegada a nuestra realidad cotidiana de dos tecnologías que hoy se volvieron indispensables: el teléfono celular e Internet. Estas extraordinarias herramientas, sin las cuales hoy no somos del todo nosotros mismos, nos han llevado sin embargo a desarrollar un comportamiento infantil: la satisfacción inmediata de nuestros deseos. Como los grandes niños en los que nos hemos convertido, no sabemos más diferir, dilatar este tiempo que es nuestro, y enriquecerlo con la espera. En un click, podemos comprar lo que queramos y encontrar la información que nos hace falta, estamos ubicables en todas partes, podemos encontrar en un segundo a todos aquellos a los que deseamos llamar. Volver a casa con el corazón latiendo para saber cuántos mensajes nos esperan en un contestador ya es una escena que parece pertenecer al pasado lejano. Hoy sabemos inmediatamente si somos solicitados y por quién. Hoy podemos poseer al instante los objetos de nuestro deseo. Esta inmediatez, si bien es confortable, deja poco tiempo a la reflexión, la interiorización de los acontecimientos que vivimos, y al deseo mismo. Ya que el deseo nace de la carencia, de la espera…
Sería ingenuo entonces pensar que esa necesidad imperiosa de inmediatez no se extiende al conjunto de nuestros comportamientos, incluso aquellos que tienen que ver con nuestra afectividad. ¿No es acaso esto lo que proponen las redes sociales en la web, cuando nos dicen en un mensaje que x o z quiere ser “nuestro amigo”? ¿Y qué significa para nosotros el hecho de aceptar mediante un click la mistad de x o z? ¿No se sobreentiende que los sentimientos se adquieren hoy tan fácilmente como cualquier producto de consumo? De la amistad al amor, el paso es fácil… Un buen número de solos piensa hoy que su inscripción en un sitio de encuentros garantiza de inmediato, o a lo sumo en los días siguientes, el fin de su soledad afectiva. Ya que lo han decidido, la respuesta a su solicitud, mejor dicho, a su pedido, no debería tardar. Pero esto significa enfocar los sentimientos en la exterioridad y no en la interioridad, que es la nuestra. Y para que un sentimiento nazca, especialmente un sentimiento amoroso, en esta interioridad, no podemos economizar un camino más o menos largo según nuestras vivencias. Son justamente el tiempo y la paciencia lo que estos niños difíciles en los cuales nos convertimos deben aprender a domesticar nuevamente. Un tiempo para cicatrizar las viejas heridas, un tiempo para comprender nuestras expectativas reales, un tiempo para ir hacia este otro, para conocerlo, un tiempo para permitir que un amor naciente florezca. Sí, no tenemos otra posibilidad que aprender a caminar a través de los días, ya que el amor no sabría desarrollarse en esta inmediatez bajo pena de no ser más que la sombra de sí mismo. Entonces, para hacer correr el tiempo, seguimos jugando con nuestros teléfonos y nuestras casillas de correo electrónico. Con la punta de los dedos, los tocamos, los damos vuelta, los volvemos a enderezar y escudriñamos sus signos, como si fueran portadores de una promesa. Cuando esa promesa, en realidad, la llevamos en nosotros mismos.
Por: Sabrina Philippe
Fuente: Parship
Traducción: Alicia Peiró
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