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De carne y hueso

Hace ya varias noches tengo un sueño recurrente, del cual no puedo desprenderme fácilmente. Me veo caminando por la calle con unos zapatos con la punta muy fina, dentro de los cuales mis pies hacen malabares para resistir los múltiples sufrimientos. Me veo y me desconozco, con la cara estirada, retocada, sin arrugas y sin expresión de vida. Para colmo de males, me veo pálida y anémica y con una sensación de hambre que trato de superar a fuerza de aguas y productos dietéticos. Y lo que más me perturba, es mi pantalón de tiro corto, que deja al aire la cicatriz de la cesárea y la cintura por lo cual me espanta  el enfriamiento (no de la cicatriz) sino de la cintura. En el sueño, estoy siempre frente a una vidriera que me oferta el estilo que el sueño me propone.

He tratado de reconocer el origen de este sueño con terapias del más variado linaje, donde lacanianos, freudianos, astrólogos, videntes,  maestros zen, yoga, grupos esotéricos y otros  no han podido lograr que este sueño se aleje.

Cuando vuelvo del trabajo, mientras camino hacia casa, miro las revistas en los kioscos,  y como no las puedo comprar,  me conformo con las tapas. Siempre son tan bellas las mujeres, generalmente enfocadas de espalda y con brevísimas ropas. Levanto la vista y veo un cartel de una propaganda de medias, donde una bellísima modelo en ropa interior, exhibe sus piernas que son un lujo. Sigo caminando, y veo carteles con una chica monísima comiendo un chocolate, y si la miro bien, no lo está comiendo, lo está lamiendo con una actitud sensual.

Y pienso, mejor me dedico a mirar vidrieras, que buena falta me hace renovar mi ropa. Los maniquíes me sorprenden con prendas que me atraen por su color, su estilo, y su gracia. Pero mirando bien, me doy cuenta que miden 1,75, que son unas tablas con gran busto y cola paradita.  Me digo a mí misma, es mejor que yo, mujer de mediana edad, mire vidrieras para señoras y allí voy. 

Muy lindos trajecitos, pero todos muy grandes, porque se supone que todas las señoras debemos usar a partir del talle cuarenta y cuatro, y me pregunto dónde encontraré ropa para mí, que mido 1,55 y peso 49 ks.  Engordar podría, aunque me costaría, pero crecer no creo.  Así que la solución es, achicar o agrandar la ropa que me ofrecen. Me vuelvo a casa, decepcionada no sin antes recibir en la calle, un volante que me ofrece agrandar mis lolas por un módico precio, a cargo de un profesional de trayectoria impecable. Me miro el pecho y reparo en mi miseria.  Siento el peso del portafolio en una mano, y la bolsa de las compras en la otra en el fondo de la cual yacen unas papas sin pena ni gloria  y un sifón de soda, y me digo: ánimo muchacha, ya está llegando a casa.

Mientras me tomo un café, enciendo la televisión y me sorprende la propaganda de una plancha donde una señora, bien centrada en un escenario doméstico, plancha en bombacha y corpiño. Es muy linda, claro, y luce una sonrisa esplendorosa.

No puedo negar que me desconcierta un tanto, porque a mí planchar no me hace ninguna gracia.  Y me pregunto, ¿cual será el secreto de esa plancha que te incita a mostrarte alegre y semidesnuda? Anoto la marca, para ver si la consigo.  Apago la tele y me dedico a organizar la casa que después de estar todo el día afuera, luce desastrosa. Mientras, me digo: escucharé la radio que no me implica estar sentada. La propaganda de productos dietéticos y recomendaciones para verse mejor, me inquietan y no sé si salir corriendo o pasar la aspiradora. Cuando por fin cierro el día con la cena y me acuesto,  aparece el sueño de siempre.

Con la liviandad que otorgan los sábados, me levanto relajada y dispuesta  a seguir exorcizando mi sueño, sin prisa pero con ganas. Salgo a la calle y miro a las mujeres que veo ir y venir: algunas presurosas con el carro de las compras. Otra que pasa con los chicos de la mano. Dos señoras mayores caminando despacio bajo el sol de invierno. Otras de mediana edad trotando alrededor de la plaza y otra, paseando un perro de tamaño minúsculo. Algunas chicas jóvenes baldeando la vereda de los negocios con una sonrisa, total, los sábados también tienen noche. Corre una cuarentona de trajecito y portafolio para atajar un taxi. Reparo, después de un rato, que la mayoría de ellas no se parecen al modelo que se nos propone desde las revistas, la tele, los afiches, y me pregunto si también a ellas las acosará algún sueño.

Ya en el colectivo, una señora joven que va sentada a mi lado, me pregunta si  la deja cerca de un Hospital muy conocido y acto seguido me cuenta, que en ese Hospital y otros, por una tarifa no muy alta, hacen cirugía estética. Claro que hay que ir a las 4 de la mañana y esperar de 6 a 8 meses por un turno, pero eso da tiempo para ir juntando la plata que con lo caro que está todo hoy,  es un esfuerzo.

Me pregunto en qué nos estamos convirtiendo, y reformulo la pregunta: en qué nos están convirtiendo. Y me cuestiono, por qué accedemos a esta propuesta que nos lleva, como burro detrás de la zanahoria. Tal vez, para no quedar afuera y me pregunto: ¿afuera de qué?   Cómo hemos llegado a minimizarnos como personas, para convertirnos en objetos, siempre insatisfechos. Siempre consumidor de fantasías. Siempre en vidriera. Siempre en venta. Sociedad de mercado al fin… me digo, a la cual tanto critico y de la cual soy parte cada vez que entro en el juego.  Y me voy haciendo chiquita en el asiento, me voy borrando, me voy desapareciendo, me voy convirtiendo en nada. Con un último esfuerzo, saco un espejito de mi cartera y me miro y me repaso. He decidido que hoy, cuando me encuentre con mis amigas, indagaré  con ellas para saber como se sienten con respecto a esta situación. 

Y como en cada encuentro, charlamos primero de las novedades familiares, nos brotamos con los temas laborales y, finalmente, discurrimos sobre la vida y sus aconteceres.   Alguna cuenta una pena, otra, algún proyecto pendiente y el esfuerzo para encararlo, otra comenta sus desatinos amorosos y así, vamos estrechando el círculo de nuestras intimidades.  No todas para la risa, algunas para llorar, que al fin, la vida tiene de todo.

Es el momento para plantear mi sueño recurrente, y lo aprovecho.  Primero silencio, sonrisas de medio lado y miradas esquivas. Una se va al baño, otra a cambiar la yerba del mate y otra decide que es el momento de llamar a su hijo adolescente para recordarle que hace cuatro días tiene un par de zapatillas en un balde con agua. Finalmente y cuando creo que aún cuando ofrezca mi corazón ya todo está perdido, se van incorporando a la charla interrumpida, y juntas reconocemos la presión que sufrimos, que en algunas produce sueños, en otras pérdida de autoestima, que a otras les importa un bledo aunque ven el estropicio que la propuesta provoca.

Juntas nos reconocemos, nos miramos.  Y arrancamos lentamente en un repaso de nuestras vidas. El trabajo docente tan amado y tan mal pagado y sin embargo irrenunciable.  La militancia por los derechos ciudadanos.  La participación en los trabajos comunitarios del barrio. Pensamos en las que viajan a trabajar en tren desde la provincia hasta la capital y llegan a sus casas de regreso, destruidas.  Pensamos en las que hace 30 años dan vueltas alrededor de la Plaza.  Pensamos en las que levantan sus casas junto a sus compañeros. Pensamos en las que están solas criando hijos. Pensamos en las que están en las cooperadoras de Hospitales y escuelas, a puro esfuerzo para mantener el servicio. Pensamos en las que luchan por el derecho a decidir sobre sus cuerpos. Pensamos en las que no comen tuercas. Pensamos en las que piensan. Pensamos en las que escriben. Pensamos en las que cantan. Y hablamos de nosotras, de nuestras hijas y de nuestras madres y reímos mientras la tarde se desvanece con la certeza de que no estamos en venta, solo estamos.

Hoy cuando me desperté, extrañé el sueño que no vino.  Tal vez lo perdí camino a casa, o se dio por vencido y se fue por donde vino, a buscar otro objeto, porque los sujetos no le gustan.  

Foto: Malinda Welte                                                                                                             

Por: Edith Rochon  
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Publicado por: Isabel | Septiembre 8, 2008
Edith, me encantó tu artículo. Puede variar mi edad, mi altura y mi peso con respecto a vos, pero, salvo por el sueño, comparto la misma sensación de la presión que existe para lucir plástica como si no moviera una uña y tuviera el tiempo del mundo para ir a un gimnasio, pero a la vez para desempeñarme en múltiples demás papeles a la perfección. Hace un tiempo leí una carta de lectores de la revista Rumbos, creo. Y quien escribía contestaba a una nota sobre la "culocracia" que prevalece en el país --sí, más aquí en en otros países, lo he constatado. Esta muchacha reivindicaba la celulitis y la "chatura" de su culo, porque eran signos de su trabajo, y, por supuesto, del paso de la vida también… pero ¡un paso con disfrute!
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