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Recuerdos del zaguán

Entonces vivíamos en una zona de casas de obreros italianos y lusitanos, algunos españoles.  También mis padres eran de los que vinieron del otro lado del mar, de modo que teníamos más en común con ellos que con las familias pudientes, pero originarias del lugar y que vivían en el centro de la ciudad. Recuerdo bien, los domingos, cuando salíamos de misa, observaba curiosa las casas, antiguas casas coloniales, lo supe mucho después, ya en el secundario, cuando en la escuela de monjas estudiábamos los estilos arquitectónicos. Me gustaban esas casas, me llamaban la atención: tenían algo misterioso. Nunca supe, hasta bastante más grande, para qué eran esas entradas con glicinas fucsias, algunas tenían un banco de madera, alguna vasija, o macetas también coloniales. Se me antojaba mágico ese lugar.

Recuerdo bien, cumplía quince inocentes años, llovía ese día, salí del colegio al atardecer ya casi era noche. Me sentía grande, mayor, me preguntaba si nadie se daba cuenta de que cumplí quince años, de que ya era una mujer… pasamos por las veredas de siempre, de regreso a casa. Y ahí veo una parejita en arrumacos, en un zaguán de las viejas casas coloniales. Todo lo que yo quería entonces era una escena así para mí. Ser protagonista de una escena así. Me repetía las rimas de Bécquer, por una mirada un mundo, por una sonrisa un cielo, por un beso, yo no sé qué te daría por un beso… el anhelo nació en mí justo ahí, en la puerta del zaguán.

Todavía anhelo una casa antigua, que tenga un zaguán con glicinas fucsia y un banco de madera y alguna vasija de barro...

Por: Morana  
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