Estar solo y sufrir parece ser un mandato
 Quien sufre la soledad, por lo general, habla de la soledad amorosa. Y el solitario es un pecador, porque la soledad es mala compañera. Dios dijo “haré a la mujer” porque Adán no daba pie con bola. Hasta el lenguaje complota para que quien está solo se sienta un paria social.
La canción melódica debe su existencia a la separación o imposibilidad de unión de los amados. Nadie se hace cargo en el tango del desamor y no debe haber mayor delito para la novela rosa que decir: “No lo quiero más: lo dejé por idiota”. Para colmo, la comedia romántica de Hollywood y toda la cultura occidental formatea tu cabeza para que apenas destetado por tu santa madre, empieces a buscar la media naranja. Y entonces comienza la carrera frenética de desear estar con alguien a cualquier costo porque, como dice Erica Jong en un libro famoso, “la soledad es anti-norteamericana”.
La soledad no parece una elección posible: sufrirla es un mandato. Y colarse en la vida amorosa de alguien es más difícil que entrar de paseo al Kremlin. Las personas aquí toman dos alternativas: o se adaptan a vivir teniendo encuentros casuales y no-relaciones con los demás o entran en pánico absoluto y la soledad es vivida como una condena a muerte. Sin embargo, antes de aceptar la condena, deberíamos pensar que si Jehová hizo a la mujer para que el hombre no esté solo, fue un error de cálculo. También se equivocó cuando nos creó las muelas de juicio y nadie se siente un muerto viviente cuando se las extrae el odontólogo.
La pregunta del millón: ¿no habremos venido al mundo para algo más que estar en pareja?
Por: Patricia Suárez (Premio Clarín de Novela 2003)
Fuente: Clarín, 29 de julio de 2010
Foto: Mateusz Stachowski (Stock.xchng)
|