La historia de Laura, historia de tantas
 Laura ya ha llorado hasta que los ojos le suplicaron por colirio y se ha enfurecido hasta quedar afónica de palabras. Ha suplicado, se ha quejado, ha reclamado, e inventado mil y una estrategias, llevándolas a cabo, sabiendo que inevitablemente fracasarían.
Ha recorrido los espacios, las horas y su cuerpo encontrándolos todos vacíos y sin sentido. Se ha hundido en la desolación, la desesperación, la desilusión, la decepción y la desconfianza. Y ahora, hastiada de su propia angustia, agotada del lamento interminable: mira a su alrededor y todo lo que ve es a sí misma y a un espacio dispuesto para que en él ella reconstruya su propia vida.
Esta historia de Laura nos toca a muchas. Bastaría que cambiásemos su nombre por el nuestro, o que dijésemos en primera persona: “He llorado”... “He gritado”... “He...”.
Al igual que Laura, quienes nos identificamos con ella, hasta “recién nomás”, vivíamos en un camino que sentíamos seguro, delimitado, trazado y por ello previsible, quizás hasta inevitable y obligado. Un camino del que venimos recorriendo un largo (o mediano) tramo y que teníamos proyectado recorrer hasta el final. Y ahora, de pronto, nos encontramos en una intersección, en la que nos sabemos obligadas a asumir un cambio. Intersección que delimita el instante dónde descubrimos, de la forma que fuese, que el camino se ha interrumpido.
Independientemente de cómo sea en cada caso particular el modo de llegar a este punto de giro, una vez que llegamos a él la resolución es siempre la misma: Nos separamos. Y ahora ¿qué? Confluencia: Tiempo de finales. Tiempo de comienzos Intersección, encrucijada, confluencia... instancias o espacios, en los cuales indefectiblemente, siquiera por un instante, debemos detenernos y cambiar en algún aspecto.
Una intersección es al mismo tiempo un punto de confluencia en el que varios caminos con direcciones diferentes se encuentran. Es por ello un sitio de detención y reconsideración de la dirección a seguir.
Frente a la diversidad (que puede ser de dos o más direcciones) nos vemos obligadas a optar por seguir hacia un lado u otro. Este punto puede presentarse de distintas maneras: en algunos casos se trata de una rotonda, entonces basta avanzar recorriendo la media curva de la rotonda, para poder continuar en la dirección que veníamos; pero en otros marca el final del camino que veníamos recorriendo, abriéndose en nuevos caminos cuyas direcciones difieren; ya no podemos seguir por la dirección conocida, tampoco podemos volver atrás, pues al avanzar el camino recorrido sólo ha quedado en la memoria, (imaginemos que avanzamos por una ruta y a cada paso el sitio dónde nuestro pie estuvo antes: “desaparece”, se “borra”), no queda otra solución que optar por una u otra de las nuevas direcciones, pero ¿cómo saber cuál elegir? Todas son desconocidas, imprevisibles y por ello asustan y producen cierto vértigo. Para poder comenzar a vislumbrar la dirección que más favorezca nuestra vida, es imprescindible antes comprender por qué y cómo hemos llegado a la intersección.
¿CÓMO LLEGAMOS A LA INTERSECCIÓN? Por lo general existe un distanciamiento emocional progresivo que culmina con el hecho del divorcio. Podemos llegar al final de nuestra relación de pareja previendo el fin o de modo imprevisto. Podemos separarnos de hecho, ser abandonadas, o abandonar, divorciarnos de mutuo acuerdo, o, hacerlo a causa de una traición... Lo que es evidente es que llegamos porque el vínculo se ha quebrado o se ha desgastado hasta el punto de agonizar. Puede que no sepamos cómo ha sucedido, ni cuáles han sido sus causas; o que si lo sepamos. Puede que nos hayamos sentido preparadas para este paso o que nos haya tomado por sorpresa.
Quizás fuimos nosotras quienes tomamos la decisión de llegar a ella y así ponerle fin la relación: • Porque ya no estamos enamoradas, • o porque conocimos a otra persona. • o porque a pesar de seguir queriendo a nuestra pareja comprendemos que nos estamos haciendo daño, • o porque los problemas son insolubles y ya no podemos (queremos) tolerarlos. • o porque hemos cambiado y lo que antes nos satisfacía, o creíamos, o necesitábamos, hoy ya no.
Quizá no hemos sido nosotras sino nuestra pareja quien ha tomado la decisión por los motivos antes mencionados, o por otros.
O bien puede ser el resultado de una decisión de común acuerdo.
En los tres casos la intersección señala el momento en que lo que fue, ya no es. Y ante este final de lo que “era”, podemos sentir (o creer) que llegamos tan inesperada y abruptamente, que lo experimentamos desconcertadas y aturdidas. O puede que lleguemos a ella recorriendo un largo proceso de desgaste, (del que somos concientes) y por lo tanto esta instancia nos representa el momento de tomar la decisión y no de sentirnos confundidas, sino liberadas.
En síntesis: de un modo u otro, por una causa u otra, llegadas a esta instancia determinante: Nos separamos y en consecuencia experimentamos dolor. Dolor que en ocasiones puede estar simultáneamente unido a una sensación de alivio; o a una sensación de traición; o a una sensación de injusticia, etc.
Aunque en todos los casos la separación tiene su cuota de dolor, no la experimentamos del mismo modo si somos nosotras quienes hemos dejado de amar, que si es nuestra pareja quien ya no nos ama. El desgaste del amor duele, pero el amor no correspondido duele aún más, pues afecta a nuestra autoestima, nuestra autoconfianza y normalmente activa viejas heridas de abandono que nos obligan a replanteos profundos.
Es a partir de esos replanteos que podemos hacer cambios y hallar un nuevo camino que valga la pena ser recorrido. ¡La vida no se termina con una separación! Separarse es haber concluido una etapa, es también el inicio de otra etapa y está en nuestras manos; a pesar del dolor y las muchas dificultades que encontramos hoy en día para vincularnos positivamente; ¡darnos una nueva oportunidad!
Por: Ana Cuevas Unamuno Extracto del libro "Me separé ¿Y ahora qué?" De Ana Cuevas Unamuno- Ed. Dos Editores-2006.
Foto: Mateusz Stachowski
|