Invierno
 Mar del Sur no es solo un destino veraniego. También en invierno vale la pena visitarlo y caminar por sus sendas y caminos rurales, donde el pasto vuelve a crecer recuperando el lugar que las ruedas de los autos avasallaron en enero y febrero.
El frío hace que sea una época de mayor intimidad. Los habitantes pasan más tiempo dentro de sus casas donde el chisme pueblerino es el protagonista excluyente de todas las charlas aderezadas con mate, pastelitos y tortas fritas. "¿Vio que fulana aprovecho la cerrazón para llegarse hasta el rancho de mengano?"... Mientras de las chimeneas brota el humo azul de la calefacción casera y las cocinas económicas.
El viento es el encargado de desparramar las habladurías y el olor del eucalipto, el pino y el quebracho que arde en los fogueros de las salamandras de hierro.
En esos meses el sol asoma más corrido hacia el este y durante el día tiene una trayectoria sesgada como el golpe de una hoz. Alarga las sombras sobre el campo y en las playas desiertas se refleja en la arena del fondo del mar y se traduce en un singular y bellísimo color esmeralda imposible de ver en ninguna otra época.
La arena de la orilla está limpia y libre de huellas humanas; solo se marcan las de las gaviotas, que también reconquistaron su territorio natural y se juntan en bandadas numerosas y chillonas.
El invierno tiene la exclusividad de los amaneceres y crepúsculos más espectaculares. Es una tarea superior a la capacidad de un pintor reflejar todos los matices de amarillos, celestes, rojos y violetas que se mezclan, separan y cambian en un juego caleidoscópico que sin duda es uno de los entretenimientos de Dios en estos días cortos donde el tiempo gusta de estirarse en noches interminables.
En esas noches que parecen eternas la mulánima y la luz mala salen a espantar desprevenidos paseantes cumpliendo el ritual asignado por siglos de tradición popular, y cuentan que invisible en los maizales la viuda llora su dolor inacabable...
Entre mayo y agosto todos los sonidos del campo están amortiguados, pero si se presta la debida atención es posible escuchar el silencio que precede a la helada que al amanecer blanquea los pastos y los techos de las casas...y bien al este, sobre el mar esmeralda, asoma el sol para transformar el campo helado en un escenario de brillo deslumbrante, la portentosa y surreal escenografía de un paisaje de puro cristal.
Por: Enrique Breccia
Foto: Alicia Peiró
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