Usuario:
Contraseña:
Artículos
 
 
 

Artículos

Una soledad que hace bien

A veces se sufre un martirio. Pero aprender a amarse uno mismo para amar a los otros, es una etapa que no puede atravesarse sino en soledad.

Cuando regresamos de noche y nadie nos espera, cuando uno se encuentra solo delante del televisor, la angustia aparece, las dudas surgen. “¿Qué tengo yo de especial, de diferente, de menos bien que los otros? ¿Por qué no puedo yo amar y ser amado?”. Nunca antes se había hablado tanto de comunicación como hoy en día y nunca tuvimos tan poca. ¿Una carencia? A decir verdad, radio, tele, publicidad, correo y teléfono, nunca se abusó tanto de ellos. Se dice que la gente no se habla más. Pero, ¿acaso se habló algún día? ¿Creen ustedes realmente que sus padres, sus abuelos, se hablaban?

Comunicarse es expresarse, afirmar sus deseos, sus necesidades, y escuchar al otro en los suyos. Es posible entre dos seres que no tienen miedo uno del otro, que no tienen necesidad de jugar roles o de enredarse en juegos de poder, de esconderse o de huir. Dos individuos que saben ser ellos mismos, libres uno frente al otro.

Aprender a amarse uno mismo es un pasaje obligatorio para amar al otro por lo que es y no por lo que este nos aporta. Es una etapa que se traviesa en solitario. Hay que despegarse del otro para encontrarse uno mismo, despegarse del deseo del otro para dejar emerger el suyo propio. Atreverse a la soledad, atreverse a cruzar el desierto, para aprender a saciar la sed sacando el agua de su propio pozo.

Sea que uno viva solo o de a dos, la ruta para ser realmente uno mismo debe recorrerse solo, al interior de uno mismo, para encontrar allí lo que uno buscaba en el otro. Ningún otro, por enamorado que esté, por amoroso que sea, podrá colmar las faltas del pasado. Nos incumbe a nosotros curar nuestras heridas, curar al niño que está dentro de nosotros.


Soledad es a menudo sinónimo de desesperación. Es pérdida de esta esperanza, que significa proyección en el futuro. La soledad obliga a vivir en el presente. Y, sin embargo, es también el espacio que nos permite remontar nuestra historia, sus emociones, para ir a la búsqueda de uno mismo y responder a la pregunta “¿quién soy y qué quiero de mi vida?”.

La soledad da miedo porque ella confronta. Nadie en quien apoyarnos para ocupar el tiempo, tomar las decisiones. Estamos inquietos ante la idea de no saber hacerles frente. En el silencio, aquello que nosotros, simples mortales, descubrimos en primer lugar, son nuestros “fantasmas”. Estos “fantasmas” son nuestras angustias, nuestros miedos, nuestra ira reprimida, todo lo que disimulábamos en la penumbra de nuestro inconsciente. No nos gusta mirarlos de frente. Si no hacemos este regreso, este buceo en nuestras profundidades, nuestra cara reprimida se manifestará en nuestra vida, provocando sufrimiento, fracasos y repeticiones.

Un tiempo en solitario, por más difícil de vivir que parezca a veces, es una etapa de construcción importante. No quiere más que enseñarnos a amar, a permanecer como un ser entero al lado del otro. Es en uno que está la soledad. Puede vivirse solo o de a dos. No es necesario separarse para encontrar su autonomía. Se trata de tomar cada cierto tiempo un poco de distancia, de reservarse momentos solo, de conservar actividades independientes, de estar atentos a no buscar llenar todos los momentos de carencia con la presencia del otro. Y de no hacer descansar en el otro todas las decisiones de la vida cotidiana. Cada uno de nosotros pasa por esta etapa de independencia marcada por la necesidad de estar solo, libre, de explorar, de testear las capacidades propias, de elegir por uno mismo.

Con la libertad viene a menudo el sufrimiento. El aprendizaje de la responsabilidad es un largo camino. No deje que los otros decidan por usted. Uno corre más riesgos al abdicar de su libertad que al equivocarse de vez en cuando. Es importante hacer experiencias, cometer errores, inclusive tonterías, para adquirir certezas interiores, para construir la confianza en sí mismo.

Los momentos de soledad en una vida son ocasiones de crecimiento personal, oportunidades para establecer o mantener un mejor contacto con uno mismo y, por ende, para crear las mejores condiciones para el amor. Es más bien el rechazo de la soledad que la soledad misma lo que nos hace sufrir. Aceptándola, eligiéndola, uno la domestica, uno crece con ella. Ella nos enseña a amarnos, a amar. ¡Ámela!

Por: Isabelle Filliozat

Traducción: Alicia Peiró


Fuente: “Psychologies”


Foto: Ortonesque (Stockxchng)

Agregar Comentario
Home  |  Artículos  |  Experiencias  |  Actividades  |  Lugares
Copyrigth © 2008 En El Zaguan. - Todos los derechos reservados - Terminos y Condiciones - Mapa del Site
d2d Solutions