Tómese dos Prozac y envíeme un email por la mañana
 ¡Ah, la promesa de un e-mail! En el instante en que comencé a dar mi dirección de correo electrónico, fantaseé con el tiempo que me ahorraría al no tener llamadas telefónicas y lo clara y certera que sería la comunicación. Realmente, hubo un período de luna de miel. ¿Podría cambiar mi turno del lunes para el miércoles? Por supuesto. ¿Lo llamo para renovar mi prescripción de Prozac? Con placer. Esto era realmente claro: no más preguntas por teléfono de los pacientes, sólo pedidos con soluciones simples.
No por mucho tiempo. "Estimado Dr. Friedman", me escribió a las 3 a.m., en un correo electrónico, una paciente "Tengo pensamientos oscuros y me pregunto si debo aumentar mi antidepresivo. ¿Me puede decir lo que piensa?". Abrí el correo a las 8.30 de la mañana y leí su mensaje con alarma. ¿Qué era exactamente "pensamientos oscuros"? No estaba seguro, pero tuve que asumir lo peor, sentimientos y pensamientos suicidas y la llamé inmediatamente.
Esa misma tarde ella vino y me explicó que se sentía vacía y desesperanzada y que pensó que ella y su familia podrían estar mejor con su muerte. "¿Por qué no me llamó en seguida?", le pregunté. "Fue en medio de la noche y no quería perturbarlo" replicó.
Ser perturbado es lo que hago para ganarme la vida y en este caso el correo electrónico parecía ser un obstáculo potencial para ocuparme de ella. Si se considera el gran volumen de mensajes y cuántos de ellos son spam, fue una suerte que no perdiera el de ella.
Estaba comenzando a preocuparme en lo que me había metido. Cuando los pacientes tenían sólo mi número de teléfono, sólo tenía que rastrear mensajes de voz, ahora también debía controlar mi correo electrónico. ¿Esto me iba a hacer la vida más fácil? "Sé que nos falta el tiempo, pero había sólo una cosa importante más que quería decirle", me escribió un paciente que firmó con el icono de una cara sonriente. "Digo que hubiera tomado sólo cinco minutos más de tiempo". Si bien expresó su sentimiento con humor, mi narcisista paciente estaba furioso que no le hubiera concedido lo que él sentía merecía: más tiempo.
Al menos en este caso saqué provecho para la terapia. En la siguiente sesión aporté su mensaje: "Ud. está enojado porque no le concedí cinco minutos extra, de la misma manera que siente que el mundo le debe un tratamiento especial".
No todos los intentos de utilizar terapéuticamente el correo electrónico fueron tan exitosos. Una joven abandonada por su novio me escribió entre dos sesiones: "Acá la entrega Nº 2. Anoche tuve una cita terrible. El tipo era un desastre. No puedo seguir en esta situación social ¿o debería?". "Lo charlamos cuando nos veamos esta semana", le respondí. Eso no era lo que ella quería oír; ella esperaba seguridad inmediata o consejo. Esta era una paciente que tenía problemas para tolerar cualquier frustración o separación de la gente que sentía cercana a ella, incluyéndome a mí.
Para ella el correo electrónico probablemente era antiterapéutico: en efecto significaba no dejar mi consultorio nunca y también no desconectarse de mí, algo que se suponía debía lograr con la terapia. "¿En primer lugar, por qué me dio su correo electrónico? Me preguntó con enojo, cuando traté de profundizar el tema con ella. Ella tenía razón. Yo había cometido un error.
En una ocasión, el e-mail me fue de extremo valor. Un paciente que se hallaba viajando por la India perdió su medicación cuando le robaron su mochila. Dada la diferencia horaria, hubiera sido difícil conectarse por teléfono así que me envió un mensaje desde un cibercafé. A pesar de que su medicación no se encontraba en India, le pude aconsejar rápidamente un sustituto.
Si bien el correo electrónico es práctico y claro, puede ser peligroso para un clínico, por ser parte de los datos escritos del tratamiento de un paciente y puede ser requerido en el caso de un desgraciado hecho de acción legal. No sólo eso, el correo electrónico debe ajustarse al Acta de Transferibilidad y Responsabilidad de Seguridad Sanitaria que tiene reglas complejas para salvaguardar la privacidad y confidencialidad del paciente. Su psiquiatra, por ejemplo, no puede enviarle un mensaje sobre su reciente nivel de litio en sangre, a menos que Ud. le haya escrito primero solicitándoselo.
Sin embargo, al ser una persona impaciente, amo la velocidad del correo electrónico. Pero al ser psiquiatra soy cauteloso sobre la información que expresa. ¿Cómo puedo saber si mi paciente está expresando humor, sarcasmo o ironía? Los íconos con caritas sonrientes no sustituyen a la realidad.
Lo cual me lleva a la terapia por correo. El ciberespacio está lleno de terapeutas felices de tratarlo, por una buena tarifa. Pero a menos que uno viva donde no hay ni un terapeuta, yo dudaría de esta forma de tratamiento. El tratamiento por Internet, ya sea por correo electrónico o por chat parece un pobre sustituto de la relación con un ser humano real con todas las claves no verbales y sus intercambios cara a cara. Después de todo, si no hay una carga emocional, uno probablemente tendrá una relación terapéutica estéril que es más factible lo libere de su dinero que de sus conflictos.
Así que esto es lo que el correo con mis pacientes me ha enseñado: si Ud. necesita cambiar el horario de una entrevista o necesita la prescripción de una medicación, por favor, presione "enviar"; si en cambio tiene algo en su cabeza, algo sobre lo que quiere hablar, por favor, llámeme, a la vieja manera. Estoy casi añorando el sonido de la campanilla del teléfono.
Por: Richard A. Friedman, M.D. Fuente: La Nación.com (Tomado de The New York Times) Traducción María Elena Rey
Fotomontaje: Ana Guadalupe Llano
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