Hacer las compras solo
 Salir a hacer las compras es algo que muchos de nosotros odiamos. De hecho, nunca dejo de recordar, cuando me toca cumplir con este penoso deber, que hace mucho tiempo se hablaba de “hacer los mandados”, y lo que a uno le mandan, por regla general, no suele ser algo placentero. Sin embargo, si uno todavía dispone de un cierto tiempo para recorrer tranquilamente el barrio y meterse en los pocos negocios especializados que aún quedan, la tarea puede llegar a ser algo medianamente interesante. Hay siempre algún vendedor cuya conversación supera el costo del kilo de lomo, vecinos solidarios que nos soplan al oído que en el negocio de al lado la suprema está más barata, y alguna que otra posibilidad de socializar con alguien más que con los compañeros del banco o los otros esclavos del call center.
Sin embargo, para los que estamos solos, lo que es absolutamente frustrante es hacer las compras en un supermercado. Para empezar, nunca encontramos el carrito adecuado. Los grandes son enormes y la alternativa, los canastos, se llenan con tres manzanas y un litro de leche, sin contar lo que pesan cuando uno termina de recorrer las góndolas y llega por fin a la caja. En algunos supermercados más sofisticados hay carritos más pequeños, es verdad, pero estos están invariablemente ocupados. Sea porque somos muchos los solos que vamos al súper, sea porque la crisis hizo que se achicara la compra de las parejas y las familias tipo, la cosa es que carritos chicos casi nunca hay.
Una vez superado el obstáculo de dónde colocar lo comprado, podemos pensar en positivo y decirnos que si somos tantos los solos que vamos al súper, podemos encontrar al hombre o la mujer de nuestra vida (bah, de una parte de ella, aunque sea) en cualquiera de los pasillos. A qué góndola apuntar, ese es el tema. Un ingenioso bloguero francés explicaba, en el caso de los hombres en plan de conquista, que desaconsejaba totalmente a sus congéneres abordar a una mujer cuando ya tenían la caja de 24 latas de cerveza instalada en el fondo del carrito. Un consejo semejante puede darse a las féminas que buscan un interesante ejemplar masculino: no acercarse a la góndola de vinos, salvo para preguntar, con voz de Caperucita que recién ve al Lobo, qué vino va bien con una colita de cuadril al horno. O sea, nada de hacerse la entendida, y menos que menos tener ya acopiadas cuatro botellas de la última oferta de una bodega medianamente confiable.
El sector de los quesos, lujo casi olvidado en estas latitudes, suele ser un buen lugar para encontrar personas interesantes de ambos sexos. O los fiambres, salvo que uno esté buscando a un partenaire vegetariano. Pero la diferencia entre jamón cocido y la paleta o el pategras y el cuartirolo, moneda corriente en épocas exiguas, no son lo más indicado para iniciar una apasionante conversación.
Dicho esto, casi todos coinciden en que la góndola de frutas y verduras es un buen lugar para entablar relaciones, sobre todo si uno es cultor de la vida sana y espera cruzarse con alguien dispuesto a escalar, por lo menos, el cerro Uritorco.
Ahora bien, ¿cómo hacer para no toparse con la desagradable sorpresa de que el joven que nos daba gentiles consejos sobre vinos o la señorita que preguntaba sobre la mejor manera de cocinar el puerro estaban acompañados por su respectivo par? Porque el marido, novio, amante de turno, o la mujer, novia, amante de turno suelen aparecer a la vuelta de la góndola, justo cuando estábamos por pedir que nos prestaran un lugar en el carrito, dado que nos había tocado usar uno de esos canastos cuyas desventajas ya anunciamos al principio…
Los franceses, que en algunas cosas se andan con menos vueltas que nosotros, idearon hace un tiempo un sistema para detectar a los solos verdaderos (o disfrazados, con riesgo de ser descubiertos). Resulta que una cadena de supermercados ofrece un carrito diferencial, de color rojo, que indica a los interesados que esa persona está sola y se anima a exhibir honorablemente su condición.
Entonces, y ya que para no morir de inanición tendremos que seguir saliendo solos a los supermercados, encaremos resueltamente las góndolas adecuadas, circulemos airosamente por los pasillos, y reclamemos los carritos que nos corresponden, sí señores y señoras.
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