¿Qué hacemos con San Valentín?
 Desde las revistas nos bombardean con propuestas de salidas románticas y de regalos erotizantes, las vidrieras de las bombonerías y las florerías están llenas de ofertas, Internet nos propone formas novedosas o no tanto para expresar a nuestro amado o amada nuestros más puros sentimientos… y muchos de nosotros vamos por la vida sintiéndonos más parias que nunca, habitantes insensibles de un planeta que se empeña en recordarnos que no hay nada como la vida de a dos.
¿Vale la pena sumarnos activamente a una campaña contra el Día de los Enamorados, al estilo de la exitosa “odio San Valentín”? ¿Sirve de algo recordar que el origen de la fiesta, si bien adoptada por la cristiandad en años tempranos, era pagano y tenía que ver especialmente con la fertilidad? ¿No es de mala onda y de nacionalistas nostálgicos ponernos a denostar el Valentine’s Day porque evidentemente es una moda que nos llega de los Estados Unidos, de la mano de la tan mentada globalización?
Una de las cosas positivas que nos aporta la navegación por la web (perdón, la red) es desburrarnos un poco acerca de los orígenes y alcances de cualquier manifestación humana que nos interese (y que alguien se haya molestado en investigar antes que nosotros). Así, caemos en la historia de la celebración, que efectivamente se realizaba en febrero, pero el 15.
En la antigüedad, la mortalidad infantil era bastante elevada, con lo cual se consideraba importante el tener una progenie desarrollada. Las personas que, por diferentes causas, tenían pocos hijos o ninguno, se creían malditas. Para asegurarse la fertilidad, se sometían entonces a ritos a fin de superar el conjuro. Los romanos contaban con un lugar sagrado donde, según la leyenda, la loba había amamantado a Rómulo y Remo y que denominaba el Lupercal (de la palabra latina lupus, que significa "lobo"). En dicho lugar, todos los 15 de febrero se llevaba a cabo una celebración llamada Lupercalia durante la cual se sacrificaban animales. Se preparaban correas con tiras embebidas en sangre de la piel de los animales, y los sacerdotes corrían entre la multitud golpeándola. Se creía que con los golpes se curaba la esterilidad. En consecuencia, las festividades lupercalianas estaban directamente asociadas con la reproducción. Durante el año 494, el Papa Gelasio prohibió este ritual considerado pagano, aunque pese a la prohibición las prácticas continuaron. El festival lupercaliano del 15 de febrero pasó al 14 de febrero, día de San Valentín (seguramente porque ser éste un santo muy popular). Más tarde se crearon leyendas para explicar que San Valentín era protector de los enamorados, una manera de esconder el rito antiguo de la fertilidad.
Otra leyenda, más acorde con la forma que adoptaron los modernos festejos, dice que cuando el emperador Claudio III prohíbe, en el año 270 d.C. los matrimonios, por considerar que estos debilitaban a los guerreros romanos, Valentín, un obispo cristiano, comienza secretamente a unir en sagrado matrimonio a las parejas de jóvenes enamorados que a él acudían. Al enterarse Claudio III procede a detener a Valentín y presionarlo para que renunciara al cristianismo, y como éste se niega, lo condena a morir. Pero en su cautiverio, Valentín tiene la oportunidad de convertir a cristianismo a Julia, la hija de uno de sus carceleros. La noche antes de ser ejecutado, escribe a Julia una carta en la que la exhorta a no abdicar de su fe, que firma “de tu Valentín”, inaugurando así, según esta versión, la costumbre de enviar el 14 de febrero mensajes de amor.
Sea como sea, en muchas partes del mundo se celebra con entusiasmo y alegría la fiesta del amor, que muchos además extienden a la amistad o la mera simpatía entre las personas. Así, por ejemplo, en Japón las mujeres regalan chocolates a los hombres de su entorno familiar, amistoso e incluso de trabajo. En Perú se regalan rosas, que según el color expresan el mensaje que se quiere dar al destinatario.
Una amiga mía argentina que vive hace años en México y se dedica a la elaboración de delikatessen, me dice que esta es una de las mejores épocas para la venta de galletas decoradas y chocolates varios, y que no sirve de nada escupir para arriba y arruinarles el asadito a aquellos que en estas fechas facturan, en medio de la crisis global, algunos pesos extras con la salida de golosinas, tarjetas y ropa interior. El año pasado, por ejemplo, las ventas se incrementaron un 17% respecto del año anterior. Pero si faltaba algo para convencerme, ahora quise reservar mesa para un grupo de amigos varios en un restaurante del centro de Buenos Aires, y me encontré con la agradable sorpresa (para los dueños) de que el 14 de febrero los lugares estaban agotados.
Entonces, recordé la envidia que me daban mis amigos gringos de infancia y adolescencia cuando recibían en febrero esas primorosas tarjetas que decían “eres mi rayito de sol”, “por siempre tuyo/a”, “nadie como tú” y otros lindezas por el estilo. Y me dije, de nada sirve masticar la bronca… antes muerta que amargada, corrí a destapar la caja de bombones, con forma de corazón, coronada por un moño rojo y con un gigantesco “te amo” que compré en la tienda de la esquina, y por un día, solo por un día, decidí olvidarme del colesterol.
Por: Alicia Peiró
Fotos: Corazoncitos de miel, gentileza de Mamushka de México (Tel. 0052 55 5523 4290)
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