Las comedias románticas
 Así como el gastrónomo come-escargots más exquisito puede acudir a hurtadillas a un McDonald’s sin jamás admitirlo, yo confieso que nada me gusta más que una buena, dramática, divertida, risueña, desconsoladora y conmovedora comedia romántica.
Sí, me molan las comedias románticas, las miro obsesivamente y encima no me canso de ver las mismas películas una y otra vez, para largar el llanto siempre en los mismos puntos: cuando Meg Ryan le dice a Billy Crystal “I hate you, Harry, I hate you” en la fiesta de fin de año de “Harry y Sally”, cuando se encuentran Meg Ryan (de nuevo) y Tom Hanks en el Empire State en “Sintonía de Amor”, cuando Hugh Grant le pide a Julia Roberts que la acepte en la conferencia de prensa de la actriz en “Notting Hill”, cuando el escritor viaja a Portugal en “Love Actually” y cuando Richard Gere escala al apartamento de Julia Roberts con un ramo de flores en “Pretty Woman”.
Los adictos a las comedias románticas somos muy fáciles de complacer. Sólo necesitamos una historia con la siguiente estructura: una pareja se encuentra por un gracioso accidente y se enamora ipso facto. Sigue un montaje de clips sin diálogo que muestran escenas felices, musicalizadas con una cancioncita alegre o romántica (puede ser “I love you, baby” de Frankie Vallie). Allí los amantes patinan sobre hielo, hacen compras, cocinan y se tiran harina mutuamente hasta terminar haciendo el amor en el enharinado piso de la cocina. Luego viene la ruptura, seguida de otra secuencia de clips que muestra la desoladora tristeza de ambos. Y después de uno o dos intentos de reconciliación, el ofendido finalmente se da cuenta de que el otro realmente lo amaba. Por supuesto, la película debe terminar con un divertido discurso en el altar. Es muy simple.
Que no venga ningún cineasta a hacerse el artista y pretender cambiar este esquema. Quiero liviandad, lágrimas y risa; amor, ruptura y reconciliación. Y sobre todo, quiero terminar con los ojos hinchados y la nariz roja, con la fantasía de que alguien me cite en el último piso del Empire State o me declare su amor en una conferencia de prensa. Suponiendo, claro está, que yo tuviera motivo para dar alguna vez una conferencia de prensa, pero eso es apenas un obstáculo tangencial.
Por: Leila Macor*
*Licenciada en Letras y TMT(todo menos tesis) en Ciencias de la Comunicación. Nació en Caracas en 1971 y actualmente vive en Montevideo; donde trabaja como periodista. Autora del blog "Escribir para qué" (ver enlace).
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