La capacidad de estar a solas
 Donald Woods Winnicott nació en Plymouth, Inglaterra, el 7 de abril de 1896 y murió el 25 de enero de 1971. Winnicott es un psicoanalista que tiene la particularidad que en toda su vida se mantuvo llevando a cabo, a la vez, su profesión de pediatra, o sea que siguió ejerciendo los dos roles. El tema de la capacidad de estar a solas, en la obra de Winnicott, brilla por el contraste con las consignas culturales de nuestra época, que ha llevado a una aceleración del tiempo histórico y a la banalización de la vida humana. Winnicott habla de la capacidad de las experiencias más elevadas que permiten al ser humano ir más allá de su cuerpo biológico para llegar al éxtasis o recogerse dentro de sí mismo para salir de sí a través de un acto o gesto creador, dejando así su marca personal en el mundo.
Esta capacidad constituye para este autor uno de los signos más importantes de la madurez en el desarrollo emocional. Naturalmente, es necesario distinguir tres estados de la persona en relación con esta cuestión: 1.- El estar solo placenteramente como elección, como no comunicación elegida, como profundización en el propio sí mismo, con la posibilidad de alcanzar, en ciertos momentos especiales, a partir de un estado de relajación atenta y lúcida, una sensación de sumo placer. Esta modalidad de estar solo es un indicador de una existencia saludable. Es decir, solo es un signo de madurez en la medida que se preserva tanto la relación con el mundo interno como la conexión con la realidad. 2.- Un estado de retraimiento como intento de estar a la defensiva, como quien presiente la posibilidad de un ataque o de un perjuicio dirigido hacia su persona. En las estructuras paranoides de la personalidad nos encontramos con dichos cuadros. 3.- El estar aislado debido a la incomunicación del verdadero ser por la existencia de una apariencia predominante que lo oculta y ahoga.
Habrá también que distinguir el hecho empírico de estar solo de la capacidad adquirida para estar solo. Una persona puede estar confinada, pero no tener capacidad para estar sola, de modo entonces que padecerá el confinamiento, pero no disfrutará de la soledad y, al estar en esa situación, es probable que sufra. No siempre las personas que están mucho tiempo solas tienen esta capacidad.
La capacidad de estar solo es un fenómeno que, evolutivamente, aparece después del establecimiento de las relaciones bipersonales. Winnicott observó que la capacidad de estar solo surge vinculada a una relación con otro y que es en esta experiencia donde se fundan los núcleos positivos del estar solo. Parte de la experiencia de haber estado solo en presencia de la madre, pero luego se autonomiza de la presencia de alguien, porque se introyectó la función sostenedora del ambiente y esta constituye el marco que contiene a la experiencia. Así, pues, la capacidad para estar solo se basa en una paradoja: estar a solas cuando otra persona se halla presente.
Esto conduciría a la introyección de la madre (el objeto bueno), lo que nos permitiría poder estar solos sin buscar el apoyo de ella. Creo que este concepto es clave para cualquiera de nosotros. Únicamente si nos desarrollamos en un entorno seguro, que podamos explorar sabiendo que en caso de necesidad tendremos el apoyo necesario y la capacidad para enfrentarnos a los retos del crecimiento de forma saludable, sin buscar ansiosamente un objeto seguro en el que apoyarnos. Objetivamente, la soledad total no existe, entendiendo por esto que la persona nunca se encuentra totalmente aislada o incomunicada.
Este estado de disponibilidad, de apertura relajada, relacionado con estar a solas y disfrutar de esa soledad, debería estar sostenido por el medio. Como puede implicar un olvidar los límites, un dejarse llevar, puede ser asociado en algunas personas con el descontrol o locura en la medida en que no hay garantías de retorno; por eso estos estados son difíciles de obtener en personas enfermas, en virtud que poseen un sistema rígido de defensas organizadas.
Quien tiene la capacidad de estar a solas puede redescubrirse y ser capaz de la empatía y el relacionamiento, poseer la cualidad de recogerse en sí mismo para luego salir y dejar su impronta personal en el mundo y en los que lo rodean, manifestando, en su conducta, quién realmente es.
A mi entender los grupos y actividades dirigidos a personas sin pareja no deben olvidar el ayudar al fortalecimiento de esta capacidad: poder estar solos. Esto significa el trabajo hacia la constitución de una adecuada autoestima, hacia el conocimiento real de la propia identidad, hacia el logro del cuidado personal, hacia la adquisición de la independencia y autonomía adecuada al ser humano adulto.
Esto vale para la consideración de otras soledades parciales, tales como: de falta de trabajo (desocupación), de amigos, de nido vacío, de lugares de pertenencia, etc.
Una cuestión importante, que parecería paradojal, consiste en que cuando la persona adquiere la capacidad de estar solo, rara vez se siente solo. Siempre hay al lado otro, en compañía mutua, aunque este otro no sea una pareja. El estar en pareja es el mejor estado relacional de la persona siempre y cuando esta favorezca, en cada uno, el crecimiento, el bienestar, la gratificación y el enriquecimiento personal, en cuanto haya respeto y cuidado mutuo en el marco de una comunicación franca...
Un importante conjunto de conceptos equivocados, de origen social, sobre la soledad logra muchas veces que las personas no sepan aprovecharla o que se perpetúen en ella. Toda esta cuestión pone sobre el tapete la antigua problemática humana de vivir la propia vida sin perder la relación con el otro, el poder identificarse con el otro, sin dejar de ser uno mismo.
Así podemos encontrarnos con perturbaciones de esta integración y dinámica en aquellas personas que no pueden ahondar en su interioridad, en ser conscientes de lo que les pasa y lo que son, en poder autoevaluarse, en tener dificultades en relacionarse placenteramente consigo mismos, lo que les hace vivir, en algunos casos, volcados hacia afuera, como por ejemplo, los adictos al trabajo, los que se dejan absorber por los otros y aun ser explotados en los vínculos interpersonales, los que buscan relaciones aun sabiendo que no funcionan como una alternativa al dolor de sentirse solos. Esto puede predisponer a vínculos sufrientes, enfermantes o, por lo menos, no gratificantes.
En suma, las patologías de la capacidad para estar a solas son, en un extremo, el aislamiento esquizoide o narcisista y, en el otro, la dependencia patológica, las adicciones a sustancias, objetos o personas.
Por: Hugo N. Santos*
*Doctor en Psicología, Pastor, Profesor del Instituto Universitario ISEDET
Foto: Charlotte Jessen
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